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Vientos huracanados

 

Cada año, el destino, Dios, el universo, o como quieras llamarlo, me brinda un pequeño recordatorio de lo frágil que es la vida. He sobrevivido a terremotos, al COVID sin vacuna, a perderme en el Desierto Rojo e incluso a un aterrizaje de emergencia. En cada ocasión, siento que algo superior me envía estas lecciones para mantenerme humilde, para enseñarme lo breve que es nuestro paso por esta vida.

Este año estaba siendo excepcional, todo muy relajado y sin sobresaltos, hasta el viernes pasado, cuando volvía de una reunión de trabajo en una ciudad vecina, aproximadamente a una hora de casa. A mitad del camino, una tormenta infernal se desató, oscureciendo el cielo y reduciendo la visibilidad. Aunque normalmente no necesito lentes para conducir de día, las condiciones meteorológicas me hicieron buscar mis lentes en uno de los compartimentos del coche. Poco después, la tormenta desapareció, volvió a salir el sol, y yo continué mi viaje con tranquilidad, manteniendo mis lentes puestos por alguna razón.

Justo cuando me acercaba a casa, un viento inusual comenzó a soplar, recordándome a esos vientos Texanos que preceden a los tornados. El camino rural hacia mi casa está bordeado de majestuosos arces y pinos, de entre 20 y 30 metros de altura, que no dejaban de moverse de forma preocupante al ritmo del viento. A unos pocos kilómetros de llegar a casa, me encontré con dos enormes ramas en medio del camino que bloqueaban el paso. Sin dudarlo, salí del coche para quitarlas y así poder continuar.

Mientras las movía, el viento se intensificaba, y las primeras gotas de lluvia mojaban mi rostro. Pequeñas ramas y hojas de los árboles caían a mi alrededor sin cesar. De repente, un escalofrío recorrió mi cuerpo y me pareció escuchar una voz interior diciéndome con tono regañón: “¿Qué fregados estás haciendo? En cualquier momento, una rama podría caerte encima y partirte en dos”. Me apresuré a volver, sintiéndome un poco kamikaze por haberme bajado en medio de la ventolera en lugar de esperar a que la tormenta pasara. Subí a mi coche rápidamente y continué mi camino, feliz porque había librado la batalla contra la tormenta por segunda vez ese día.

Dos minutos más tarde, mientras la tormenta arreciaba, una rama impactó mi parabrisas, haciéndolo añicos y lanzando pequeños cristales hacia mí, como si de una explosión se tratara. No podía ver absolutamente nada; sin embargo, no me detuve. El shock que me causó el sonido y los cristales invadiendo mis brazos y piernas solo me alcanzó para gritar un largo y desgarrador “¡AHHH!”, tan fuerte que me quedó dolor de garganta durante días. Estaba a solo 500 metros de mi casa y llegué por gracia divina.

Sufrí pequeños cortes en las piernas, los brazos y el cuello, pero mis ojos estaban ilesos gracias a los lentes que nunca me quité. Estos estaban completamente cubiertos de cristal pulverizado, permitiéndome tener la misma visibilidad que podría haber tenido en la penumbra Jose Feliciano y Stevie Wonder juntos.

Después de la tormenta, revisamos el coche y nada, excepto el parabrisas, se había dañado. Era como si un gigante le hubiera dado un golpe limpio al parabrisas con un bate de béisbol. El resto del coche no tenía ni un solo rasguño.

«¡Qué mala suerte!», dictaminaron todos los que supieron la historia, sin embargo, yo me resisto a verlo de esa manera. Al contrario, me siento profundamente agradecida y bendecida por el accidente, porque Dios me sigue manteniendo humilde y con vida.

El Jesús de los Cristianos, ese hombre con barba que sacrificó su vida en una cruz, alguna vez dijo que Dios nos obsequia un ángel, un protector celestial que nos guía y nos acompaña en nuestro viaje para evitar que cometamos errores. Nunca antes había reflexionado sobre la veracidad de esta idea de tener un ángel guardián, hasta el viernes pasado.

Por alguna razón misteriosa, estoy convencida de que fue mi ángel personal quien me hizo sentir aquel escalofrío en la espalda, quien me instó a regresar rápidamente a mi coche, quien posiblemente evitó que una rama me partiera en dos, y también fue él quien permitió que mi cuerpo se llenara de minúsculos cristales que provocaron breves sangrados. Todo esto fue un recordatorio vívido de lo frágil que es la vida y de la importancia de asegurarme de que aquellos a los que quiero sepan siempre cuánto los amo.

Con demasiada frecuencia, damos por sentada la vida. Suponemos que nuestros seres queridos regresarán a casa cuando salen por la puerta por la mañana. Nos enojamos por tonterías con aquellos a quienes amamos, pensando que habrá tiempo después para resolverlo. Pero a veces, no hay un después. Lo cierto es que nunca sabemos cuándo el viento soplará fuerte y nos golpeará en seco con una rama. A veces solo existe el hoy, y a veces solo hay vientos.