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Por Itzel A. Sosa-Sánchez*

Como mencionábamos en la primera entrega sobre el tema, para entender mejor un fenómeno tan complejo como el embarazo adolescente es necesario tener en cuenta toda una serie de visiones estereotipadas y mitos. Estos suelen en general concentrarse en torno a quiénes se embarazan en la adolescencia y las razones por las que ello ocurre. Contrastemos con las evidencias.

Embarazo adolescente: entre el mito y la realidad

  1. Que el embarazo adolescente trunca categóricamente (sin tomar en cuenta el estrato social de las mujeres implicadas) las oportunidades desarrollo personal de las jóvenes que se embarazan: los datos sugieren que, en general, la deserción escolar precede el embarazo adolescente. Muy pocas de las adolescentes que dejan la escuela en la adolescencia declaran haber desertado por un embarazo, la principal razón de la deserción, en general, es la falta de dinero o recursos económicos o porque “no les gustaba estudiar”. Esto demuestra por un lado las condiciones de precariedad en que viven muchas jóvenes y por otro, que su formación y desarrollo personal no siempre constituyen el eje prioritario de su valoración como sujetos sociales
  2. Que el embarazo adolescente no resulta de un proyecto de vida sino de un accidente inesperado: las evidencias indican que una importante proporción de las adolescentes sí querían embarazarse y la mayoría de las jóvenes que se embarazan en la adolescencia se unieron antes de embarazarse (lo que es especialmente cierto para los estratos más desfavorecidos).
  3. Que el embarazo adolescente deriva en una precocidad desventajosa: los estudios al respecto en contextos como el latinoamericano, sugieren que el embarazo adolescente constituye una precocidad desventajosa solo si:
    a. ocurre en contextos de precariedad (que generalmente le preceden) y de aislamiento social; y
    b. no se combate el estigma social y los obstáculos que impiden acceder, y/o continuar y/o reintegrarse al sistema escolar y al mercado de trabajo en condiciones favorables.
  4. Que el embarazo adolescente y las y los adolescentes representan un grupo homogéneo: las evidencias muestran que en México ellas y ellos son un grupo altamente heterogéneo y diversificado por lo que éste fenómeno, diverso y complejo, no puede comprenderse utilizando un solo modelo de análisis e interpretación.
  5. Que todos los embarazos adolescentes son de alto riesgo: las evidencias empíricas de los estudios realizados en el mundo sugieren que la mayoría de los embarazos adolescentes en México ocurren entre los 18 y los 19 años (adolescencia tardía). En este rango de edad disminuyen considerablemente los riesgos fisiológicos asociados a la maternidad temprana.
  6. Que los adolescentes tienden a tener múltiples parejas: los datos sugieren que en su gran mayoría tienden ser monógamos.
  7. Que el embarazo adolescente es una causa o generador de pobreza: las evidencias muestran que en general, en México, el embarazo adolescente es un indicador, un resultado de exclusión y desigualdades estructurales (siendo las de género centrales en la ocurrencia de este fenómeno, generalmente previas a este evento) que dificultan proyectos de vida alternativos (a la maternidad y al matrimonio). Esto se refleja en que la mayor proporción de embarazos adolescentes tiende a concentrarse en mujeres que pertenecen a los estratos sociales bajos
  8. Que las y los adolescentes conocen los métodos anticonceptivos: los datos indican que si bien la mayoría de las y los jóvenes han oído hablar de ellos un número importante no cuenta con un conocimiento real y eficaz que les posibilite, en caso de desearlo, la prevención de un embarazo.
  9. Que el embarazo adolescente resulta siempre de relaciones sexuales consensuadas: las evidencias empíricas de corte cualitativo han empezado a visibilizar en los últimos años, que más frecuentemente de lo que se pensaba algunos embarazos de niñas y adolescentes son producto de relaciones sexuales no consensuadas las cuales son sub-declaradas en las encuestas y pocas veces son denunciadas ante las autoridades correspondientes, lo que impide conocer la verdadera magnitud de las violaciones sexuales y esclarecer su vínculo con el embarazo adolescente.
  10. Que el embarazo adolescente involucra siempre a dos adolescentes: debido a que la principal unidad de análisis de la fecundidad humana lo constituye la mujer, se cuenta con escasa información relativa a los hombres que experimentaron un embarazo en la adolescencia y sobre los hombres que embarazan a las mujeres adolescentes. Sin embargo, algunos estudios de corte cualitativo han sugerido que debido a factores de índole cultural y de desigualdad de género en general los hombres que embarazan a las mujeres adolescentes no siempre pertenecen a este grupo de edad.
  11. Que el papel del hombre para la prevención de embarazos adolescentes es irrelevante o secundario: debido a las profundas desigualdades de género y asimetrías en las relaciones poder entre parejas heterosexuales las evidencias empíricas indican que los hombres juegan un rol central en la decisión relativa al uso de métodos anticonceptivos en las relaciones sexuales de los adolescentes (sobre todo en lo que se refiere al preservativo masculino).
  12. Que un proyecto de vida alternativo y no centrado en la maternidad y la vida conyugal resulta únicamente y/o principalmente de decisiones/elecciones individuales abstraídas de los contextos sociales que las dotan de sentido: las evidencias muestran que más allá de esta visión individualista y meritocrática que predomina en los discursos sociales y políticos el desarrollo de un proyecto de vida basado en el desarrollo personal y profesional, y en la posibilidad de su concreción juegan un rol central no sólo las condiciones objetivas de vida (materiales y simbólicas) sino también el Estado, sus instituciones y la sociedad en general. Esto a partir de reconocer que las condiciones de exclusión y de miseria estructural dificultan proyectos de vida alternativos a la maternidad y al matrimonio/unión pese a las presiones y expectativas socioculturales que imponen ciertas metas en el imaginario sin brindar los medios para alcanzarlas.
    En este sentido, resulta entonces relevante, para poder hablar de este fenómeno complejo, comenzar a desmitificarlo y pensarlo como lo que es: un enorme desafío para la política pública que refleja y reproduce el marco de desigualdades sociales que lo dotan de sentido y que lo tornan posible, y que nos invitan sin lugar a dudas a una reflexión colectiva que deje de culpabilizar a las y los adolescentes que lo experimentan, y que en cambio esta reflexión permita reconocer que es la falta de garantía de sus derechos básicos (vivienda, trabajo, educación etc.) no sólo de sus derechos sexuales y reproductivos, lo que explica su ocurrencia en contextos como el mexicano en general y como iremos viendo en Morelos en particular.
    *Investigadora del CRIM/UNAM en Morelos.

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