CONVERSACIÓN

 

Nadie sabía realmente porqué había aceptado la invitación al cumpleaños con motivo del medio siglo de Samantha; por inercia o por pena a denegar la solicitud que con tanta amabilidad había repartido, vía telefónica, la interesada con varias semanas de anticipación. Estaban entonces sentados en la mesa del restaurante, botaneando tapas y bocadillos acompañados por un vino tinto escogido con esmero por Samantha. Al final de la mesa los invitados habían dejado un regalo simbólico con la frase ritual tan trillada por los aficionados a los regalos reciclados (obsequiados tiempos atrás, aunque sin usar): “lo que importa es la intención, pero espero te guste”. Samantha eligió no abrirlos para no empezar la comida con decepciones. No obstante, a cada uno, les propinó un sentido agradecimiento que resonó para todos los congregados como auténtico. En su último cumpleaños reducido a esfera familiar, había recibido una cajita de galletas, una pluma sin su estuche, una bolsa deportiva clonada y unas esferas navideñas estampadas con una conocida marca comercial de refresco. En ese día, lo que más anhelaba Samantha era entablar conversaciones humorísticas de manera a construir mejores recuerdos de ahora en adelante en torno a la celebración del día de su nacimiento.

Desafortunadamente, sus expectativas no se concretaron. Pero, más allá de lo sucedido, descubramos las razones o sinrazones de los presentes.

Angélica, ingeniera en sistemas, estuvo toda la tarde –y la noche también, aunque de esta parte no se enteró Samantha– mensajeando con su jefe inmediato sobre la junta ocurrida justo antes de la comida y sus interacciones extra profesionales cada vez más frecuentes.

Brenda, la apicultora, por su parte estuvo realizando varias ventas desde sus redes sociales y a la vez eliminando mensajes falsos que la invitaban a ingresar a un sitio web tan fraudulento como peligroso.

Josué, el piloto de una aerolínea extranjera, ocupó todo su tiempo en responder solicitudes de amistad y mensajes procedentes del mundo casi entero, con un aplomo que sorprendió a su esposa sentada junto a él –de hecho, la única que no sostuvo ninguna conversación virtual por encontrarse espiando de reojo a Josué con tal de desanimarlo A seguir alimentando relaciones imaginarias y fuera de cualquier compromiso.

Por ser veterinario, Ismael dedicó el tiempo de la comida A ver videos de gatos y perros, criticando en monologo a sus clientes torpes que no logran que sus animales domésticos les obedezcan.

Inés, la estilista, no de la festejada sino de los tutoriales más vistos y compartidos en Tik Tok, le mandó un sticker en 3D de pastel de cumpleaños y un emoji de felicitación no a Samantha sino a su mejor amiga de viaje en Estados Unidos.

¿Cómo saber si Samantha siguió convidando a sus amistades encontradas en redes sociales a su cumpleaños o bien prefirió encargar la decisión de escoger a los invitados a un algoritmo? Una posibilidad sería esperar al siguiente año o bien retirarse de su lista de amigos, tal como lo hizo al día siguiente su novio, Ismael, con quien no volvió a cruzar palabra, ni siquiera virtual.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM