Por Raúl Silva

“Yo soy de los que creen que el ser humano está condenado de antemano a la derrota, a la derrota sin apelaciones, pero que hay que salir y dar la pelea, y darla, además, de la mejor forma posible, de cara y limpiamente, sin pedir cuartel (porque además no te lo darán), e intentar caer como un valiente, y que eso es nuestra victoria.” 

                                                                                                                                                      Roberto Bolaño

La obra de Roberto Bolaño está impregnada por su vivencia mexicana. Claro, la literatura tiene sus propios caminos y ese México que aparece en sus novelas, cuentos y poemas es un país imaginario, un fantasma, un sueño, una memoria nutricia, un territorio de la imaginación donde la realidad se desprende de lo imposible. 

 

A diferencia de autores como Malcolm Lowry, D. H. Lawrence y Graham Green, que hallaron en México un motivo de fascinación para crear novelas clásicas de la literatura universal, la experiencia de Roberto Bolaño tuvo intensidades aún más profundas. Su ser latinoamericano, el español como idioma común, la literatura mexicana como fuente de sus lecturas, la generación de escritores con quien le tocó convivir y sus vivencias de juventud le dieron a su obra una esencia. 

 

En una entrevista con la periodista Conchita Penilla, transmitida en Radio Francia Internacional, Bolaño se refiere a esa experiencia vital: 

 

“Para mi México es un país formativo por excelencia. Yo llegué a México a los 15 años, me marché a los 20 a Chile, volví a México después del Golpe de Estado y me quedé ahí hasta los 23 años. México me formó… bueno, lo poco que sé lo aprendí en México y sobre todo me dio una idea de Latinoamérica. Yo era un adolescente del Sur de Chile, muy cerrado, pero no porque quisiera ni porque fuera un niño pedante, sino simplemente porque no había… el cuarto era pequeño y no veías más allá de tu propio cuarto. México fue la gran ventana, la forma de descubrir no sólo México sino toda Latinoamérica, que es de donde yo me siento, yo creo ser un escritor latinoamericano, pese que en muchos de mis libros  hay ya todo un muestrario generalmente inventado o no sobre literatura europea, que para mi la literatura es básicamente la literatura europea,  pero lo que mueveese flujo de historias, esa especie de maldición que es ser latinoamericano”.

 

Fue en México donde Bolaño conoció al poeta Mario Santiago, quien sería uno de los grandes amigos de su vida y una influencia esencial. Con él fundó el Movimiento Infrarrealista y vivió momentos que años más tarde se convirtieron en historias de su literatura. En México escribió y publicó sus primeras obras, los poemas de Reinventar el amor, una edición artesanal de 225 ejemplares que Juan Pascoe hizo en su Taller Martin Pescador; la antología Pájaro de calor, 8 poetas infrarrealistas, que él mismo seleccionó, prologada por el poeta español Juan Cervera, mecenas de la edición. Ganó premios literarios, como el de la revista universitaria Punto de partida; colaboró en revistas comoPlural (donde aparecieron sus entrevistas a los poetas del Movimiento Estridentistas: Manuel Maples Arce, German List y Arqueles Vela; al narrador chileno Poli Délano; un artículo y traducciones de los poetas eléctricos de Francia). En 1979, ya cuando había emigrado a España, la Editorial Extemporáneos publicó la antología de 11 poetas latinoamericanos Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego, que preparó con Mario Santiago, con una presentación del poeta Efraín Huerta y prólogo del narrador Miguel Donoso Pareja.   

 

El escritor Juan Villoro lo conoció en esos años, cuando ambos fueron premiados en el concurso de la revista Punto de partida, de la UNAM:

 

“México fue para él absolutamente central porque determinó la forma en que el se construyó como escritor. Hubo muchas cosas de México que detestó para siempre: la formalidad del mundo literario mexicano, la organización piramidal de la cultura, la manera corrupta cómo se establecían los reconocimientos, la burocratización de la palabra y de la circulación de la palabra. Todo esto le molestó mucho. Pero al mismo tiempo, el México nocturno, el México de las calles, el México del habla cotidiana, del azar, del albur, de un destino quebrado y muchas veces trágico lo cautivó. No es casual que sus dos grandísimas novelas: Los detectives salvajes y 2666estén ancladas en México y que la última palabra que haya escrito sea la palabra México, que es como termina 2666”.

 

Es tan entrañable la relación de Roberto Bolaño con México, que no pocos han transgredido las fronteras para celebrarlo, uno de ellos el crítico literario Juan Antonio Masoliver Rodenas, que ha considerado a Los detectives salvajes como:“una de las mejores novelas mexicanas, escrita por un chileno que reside en Cataluña”. Juan Villoro también le otorga esa nacionalidad por sus méritos literarios y sus vivencias intensas:  “Todo esto lo convierte en uno de los mayores escritores mexicanos, en el sentido de alguien que ha escrito sobre México de manera extraordinaria”.

 

Cuando a finales de 1968 la familia Bolaño Ávalos emigra al norte del Continente, comienza verdaderamente la historia literaria de Roberto Bolaño. Fue en México donde decidió que en la literatura estaba su camino, la pasión por leer y escribir se desbordó para convertirse en el mayor impulso de su vida. Quienes lo conocieron en esa época tienen recuerdos donde invariablemente afloran esas búsquedas y encuentros. Victoria Soto, una mujer chilena que actualmente vive en Cuernavaca y que llegó a México como parte de un intercambio cultural,  era amiga de su madre y vivió una temporada en la casa que la familia Bolaño Ávalos tenía en la calle Abraham González de la ciudad de México. Ella le ayudó a pasar en limpio sus primeros escritos y lo recuerda como un muchacho “delgado, pálido, con una melena castaña que nunca se peinaba”. 

 

«Roberto escribía mucho, lo recuerdo trabajando por las noches febrilmente. Cuando todos nos íbamos a dormir él se quedaba y escribía hasta el amanecer. Al otro día se levantaba a las tres de la tarde, comía y se iba a caminar por la ciudad. Recuerdo mucho que me decía “¿sabes qué, Victoria? En las noches, cuando escribo, me da miedo porque antes de que piense lo que voy a escribir ya mi mano está escribiendo… entonces su hermana, María Salomé, se burlaba diciendo  “él inventa y mi mamá que le hace caso…” Eran sus estados así, de trabajo intenso seguramente ¿no? Me imagino, ahora que lo pienso».

 

Los años que Roberto Bolaño vivió en México lo marcaron en muchos sentidos. Fueron los tiempos de su primera juventud, cuando el espíritu y el temple se van formando, cuando suceden las amistades y las vivencias que dejan huella, y todo esto en una época donde las revueltas juveniles se manifestaban en distintas partes del planeta a través del activismo político y cultural. Bolaño llegó a México poco después de la matanza estudiantil de 1968 en la Plaza de las 3 Culturas.

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