El juego de la ética con inevitables consecuencias

Por ANDREA ÁLVAREZ SÁNCHEZ

 

Me llamo Serpientes y Escaleras. Soy una representación de la vida misma, un espejo del destino, un misterio sin principio ni fin, porque la meta última es la experiencia en sí.

 

Mi cuerpo físico es un microcosmos del gran juego de la existencia. Tengo serpientes que bajan a los subsuelos infernales y escaleras que suben a la dicha absoluta. Quien transita por mis caminos genera pensamientos que lo atrapan y otros que lo liberan.

 

Mi compañero, el dado kármico, determinado por las fuerzas supremas, es quien conduce a mis huéspedes por del laberinto del ser. Cada quien descubre su reflejo real, a veces doloroso, y no el espejismo creado por la ilusión del ego.

 

Invito a observar la geografía del alma, los principios naturales del universo. Los humanos, mitad dioses mitad bestias, juegan en sincronicidad con el criterio cósmico, estando siempre en el lugar correcto, a la hora exacta.

 

La ley del karma es mi noble enseñanza espiritual: causa y efecto, efecto y causa. Acción y reacción. Lo que se siembra, se cosecha. Vicios y virtudes humanas muestran el camino al moksha iluminado o bien a la reencarnación en la pesadilla cíclica del samsara.

 

Algunos se percatan de su sombra, entonces ascienden a la conciencia última. Otros, envueltos por la oscuridad, descienden al maya en el plano de la ilusión. Cada quien tiene su propio viaje, no hay azar.

 

Mi contenido trascendental intenta explicar la compleja estructura del mundo interior del hombre. Es entonces que se escucha la voz del corazón humano y la gran aventura de la vida comienza.

 

Al jugar sin expectativa de triunfo y vivir solo el presente, la energía lúdica fluye. Entonces llega… el regalo de aprender.

 

Los juegos de mesa son parte de la diversión en la vida, un elemento fundamental para el desarrollo humano; ofrecen aprendizaje, incremento de habilidades sociales, mejora intelectual y la competencia amistosa.

​Este popular juego se conoce en muchos países, muchos lo jugamos en la infancia y lo sentimos conocido. Sin embargo, pocos conocen su origen y procedencia. 

Serpientes y escaleras es un juego de origen hindú cuyo nombre era Moksha-patamu y pretendía instruir a los niños en las virtudes morales: de los actos virtuosos se elevaban escaleras que aparte de reducir encarnaciones, acercaban al jugador a la perfección, mientras que los malos hábitos y vicios llevaban a través de serpientes a reencarnaciones en animales cada vez más viles.

Las virtudes representadas que permitían el ascenso eran: la fe, la confianza, la generosidad, la sabiduría y el ascetismo. En cambio, los cuadros que hacían descender por medio de una serpiente eran: la desobediencia, la vanidad, la vulgaridad, el robo, la mentira, la ebriedad, el endeudamiento, el asesinato, la ira, la avaricia, la soberbia y la lujuria.

El juego Serpientes y escaleras llegó a Europa a finales de 1800 y posteriormente a México a través de los conquistadores. Fue muy bien recibido ya que antes del arribo de los españoles, el juego ocupaba un lugar importante en la cosmogonía mesoamericana, el Patolli es un ejemplo de ello.

Serpientes y escaleras presenta una forma de conocer el bien y el mal, las buenas y malas acciones y sus consecuencias. Las enseñanzas éticas de este juego nos acompañan como una metáfora de la vida misma.

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