DE LANGOSTINOS, ACAMAYAS, PIGUAS Y CHACALES

 

Más allá de los deliciosos langostinos al mojo de ajo que preparan en el “Danubio” del centro histórico capitalino –adonde me habituó mi padre-, hay otros lugares emblemáticos en diversas partes del país, urbanas y rurales, siempre vinculadas a algún río pues, como sabemos, estos crustáceos son de agua dulce. Según la región, les dicen langostinos, acamayas, piguas, chacales o camarones de río.

De gran fama es el restorán que coloquial y afectuosamente se le llama de los Gordos Bonilla, en Coatepec, Veracruz. Pocas personas saben que su verdadero nombre, muy alentador, es “El Sol sale para Todos”. Entre muchos otros mariscos y pescados, los langostinos son preparados de diversas maneras, desde la clásica al mojo de ajo hasta otras con chile chipotle o en salsa verde. En una esquina de la gran casona antigua que alberga al restorán, hay una cantina de los mismos dueños, con entrada directa de la calle, donde en ese acogedor ambiente característico de tales lugares, se bebe y se comen deliciosos cocteles.

(Como los señores Bonilla eran muy afectos al cine y en el único que había en Coatepec, hace años, las butacas eran de tamaño insuficiente, ellos mandaron hacer unos anchos sillones especiales que colocaban en el pasillo del cine para disfrutar las películas).

A Coatepec llevan los langostinos desde los numerosos ríos cercanos, sobre todo del Huitzilapan o Pescados, que finalmente –unido a otros cursos fluviales- desemboca al Golfo de México en La Antigua. Una ranchería ribereña al mismo, Jalcomulco, es obligado destino dominguero para las familias jalapeñas. (Por cierto que de allí parten divertidas expediciones de rafting -o sea descenso de ríos con rápidos-, para realizar recorridos acuáticos en lanchas inflables).

También en tierras veracruzanas está Puente Nacional (que durante el virreinato se llamó Puente Real –como Pinotepa, en Oaxaca- y a partir de la Independencia el espíritu de la nueva mexicanidad, enemigo de las tradiciones toponímicas, les cambió el nombre. Parecida perversión en la Ciudad de México trastocó la avenida San Juan de Letrán para convertirla en el Eje Central Lázaro Cárdenas o a la coyoacana Taxqueña en Miguel Ángel de Quevedo).

Pues bien, Puente Nacional está en la carretera libre de Jalapa a Veracruz y es, en efecto, un vetusto puente de la época colonial, de grandes proporciones, hecho de piedra, para cruzar el mismo río mencionado, aquí ya enriquecido con las aguas del Santa Martha y el Tío Camilo. El hotel que allí opera (¿u operaba?) sirve deliciosos langostinos de ese mismo río.

En la propia entidad, también hay muchos langostinos en el río Actopan, sobre todo cerca de su nacimiento llamado el Descabezadero, formidable caudal que emerge de un acantilado en medio de feraz vegetación tropical.

En Las Estacas, acá en el estado de Morelos, asimismo abundan los langostinos entre las tupidas plantas subacuáticas del naciente río. La propietaria del famoso balneario me explicó hace años que se trata de una fauna no autóctona y nociva, que perjudica a la originaria. De hecho, me dijo que hacíamos un servicio ecológico si pescábamos langostinos. Con ese argumento, José Eugenio y yo acostumbrábamos a acampar allí para bucear de noche con linternas submarinas y atrapábamos suficientes langostinos para al día siguiente comerlos crudos, con salsa de soya, al estilo japonés. Luego ya participaba Emiliano en el buceo nocturno con su hermano (todos con traje de neopreno, pues el agua de Las Estacas es muy fría). Aunque teníamos la bendición de la patrona (la mamá de Margarita González Saravia), no era cosa de andarle dando explicaciones al vigilante nocturno, así que nos metíamos al agua dizque a ver, pero salíamos con las mangas del traje de hule como hinchadas, porque allí íbamos metiendo a los crustáceos, previo apretón para inutilizarles las tenazas.

Con el tiempo, Emiliano se ha hecho un buen buzo y sobre todo a pulmón; aguanta varios minutos bajo el agua. En Playa Ventura, hace un par de años, arponeó un gran pescado que nos prepararon a la talla y alcanzó para que comiéramos ¡doce personas!

En fin, de adolescente me daba el lujo de comer langostinos, en caldo, con tortillas recién echadas a mano. Ello era en pequeñas fondas aledañas al río Papagayo, entre Tierra Colorada y Acapulco. Desde que se construyó la Autopista del Sol, ya nunca volvimos a pasar por allí… hasta hace poco, cuando convencí a Silvia que regresáramos de ese paradisíaco puerto (no obstante la contaminación de la bahía) por la carretera federal. ¡Encontramos las mismas fondas y otros restoranes mejor instalados!

Ahora se colocan a la orilla de la carretera, afuera de tales establecimientos, niños y jóvenes que muestran a los automovilistas un racimo de langostinos sostenidos por la cola. Mejor publicidad no podía haber. Siguen echando las tortillas al momento y lo único que ha cambiado son los precios. Emiliano ya amenazó que siempre querrá regresarse por la carretera vieja.

Mas en plan de consentirse, si van a comer langostinos al “Danubio”, y si el consentimiento va en serio, primero hay que abrir boca con unos pulpos a la gallega (con aceite de oliva y sal de grano), luego pedir una sopa verde de mariscos y, entonces sí, completar con el platillo principal.