Un grupo de personas de pie Descripción generada automáticamente

Francisco Moreno

Un potente sonido reverberó sobre la avenida Peachtree, el estruendo se escuchó lejos, dos detonaciones, un hombre desangradose en el piso del centro comercial y una horda de jóvenes corría despavorida, sin brújula. El amplio boulevard cubierto de autos fue el laberinto que sortearon y por donde uno a uno se escabulló de los gendarmes que, más veloces que ellos, les daban alcance.

Pepillo ingresó a una pandilla de centroamericanos más por necesidad que por ganas. La distancia que hay del barrio donde vivía en las orillas de Dalton al ombligo de Atlanta hay 144 kilómetros; la escapatoria dependía de la habilidad de cada uno. Pepillo se metió en un café de chinos, quienes, al ver el alboroto, lo entregaron.

Su madre le dijo que no se fuera, que tratara de seguir estudiando, pero las penurias y necesidades de su casa lo abrumaban. Sin padre desde niño, Pepillo desertó de la escuela y se puso a vender paletas en las calles de Axochiapan, en Morelos. Inquieto, como si tuviera pulgas en el trasero, tenía una gran destreza para hacer amigos; cada viernes se gastaba las escasas ganancias con ellos, le gustaba el ardor, quemazón y efecto que le deba ese líquido blanco, más alcohol etílico que tequila.

La corte de inmigración no escatimó medios para sentenciar a los miembros de aquella pandilla. Él recibió una condena de cinco años por delincuencia organizada y cómplice de homicidio; fue trasladado a la cárcel del condado de Fulton, ahí, a sus quince años, inició la pesadilla.

La reclusión cayó como un rayo, pero hasta éstos tienen un lado obscuro. Decenas de bandas criminales de Atlanta conocen el infierno de Fulton, es un lugar que da a luz a nuevas bandas. Pepillo cursaba el propedéutico en aquella pandilla juvenil, no sabía de armas, menos de drogas duras, su afán era obtener dinero fácil, craso error en un mundo donde el dinero es dios.

Negros, asiáticos y latinos, entre estos últimos había salvadoreños, hondureños, colombianos y mexicanos que atestaban las crujías, había una mínima población de americanos. El piso era su aposento; la fetidez de sudores y orines se mezclaba con aromas y olores nauseabundos, heces y comida andaban de la mano. Aun así, Pepillo logró un puesto de trabajo que le redituaba unos centavos, su meta era, a fin de mes, juntar cinco dólares para cambiarlos ya sea por una tarjeta para llamar al pueblo con su madre, o comida para tres días. Siempre optó por la primera.

La hermandad es un mito, la necesidad, el encierro y el escozor de asumir un castigo se traduce en un comportamiento primitivo, el instinto de sobrevivencia o seguridad no tiene límites, peor aún, el deseo por apaciguar los impulsos sexuales se desborda sin freno, acalla con violencia súplicas y ruegos. Una desgarradora y brutal secuencia de violaciones contra Pepillo mermaron su esperanza por vivir, su cuerpo toleró el terror del que fue objeto, pero su espíritu se desvanecía entre las permanentes sombras del sueño, empapado en llanto.

Nadie pudo ni quiso asumir el papel de su guardián, el obscuro objeto del deseo motivó apuestas y acendró protagonistas. Cada noche Pepillo hacía sus deberes, trabajaba y sufría, los ojos, secos de lágrimas, endurecieron su fe y esta decayó. Cada noche, en el ensueño del cansancio se preguntaba: ¿dónde está dios?, nunca obtuvo respuesta.

Pepillo salió de la cárcel a los tres años, dirigió sus pasos a la central de autobuses, llegó a su pueblo y nunca le avisó a su madre. Alguien lo vio deambular por las barrancas, los areneros y la presa Carros, pero nunca más se supo de él.

Según datos oficiales (INEGI), en Estados Unidos radican poco más de 250 mil morelenses, aunque podrían haber 100 mil más que cruzaron de forma ilegal. Un grupo de personas de pie

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