(Primera Parte)

 

Este libro no se publicará en ninguna editorial que paga adelantos. No esperará el visto bueno de una junta que calcule cuántos ejemplares se podrán vender, es decir, si este libro equivale a un buen negocio. Al contrario, pondré la mitad de lo que cuesta la primera edición. La otra, un editor con algunos enemigos. Advierto que corregiremos a salto de mata para que salga en marzo del 2023, el mes que nos interpela a todas. Así que desde el comienzo esta aventura no debería correrse si tomamos en cuenta la trayectoria de la autora. Pero basta con que a ella le digan lo que no se tiene que hacer para que corra (literalmente) a perpetrarlo. Pues bien, será un libro desobediente, en verdad marginal para que cada palabra no se contradiga con el aparato publicitario de las grandes editoriales con las que no estoy peleada, al contrario, las busco porque no soy hipócrita. Qué más quisiera yo que me entrevistaran en grandes medios gracias a esta obra, pero eso tampoco sucederá porque no lo van a leer “los que son”, no va a llegar a “las manos adecuadas” y, por una parte, qué bueno no deberle nada a nadie. Su suerte la decidirán las y los lectores. Es una apuesta, un salto al vacío de los que me encantan. Hablo en futuro porque acabo de comenzarlo el 4 de enero en medio de presiones económicas, familiares, de salud, con soledades a cuestas y muchas ganas de escribir un poema que me va a desvelar y, por si fuera poco, un reencuentro me orilla a una novela. Son las diez de la noche y es esto: arrancar con un prólogo imposible sobre ensayos que aún no están escritos, pero sé que habré de escupir en los próximos días a contracorriente, siempre con esa urgencia de matar o morir (esto sí es metáfora) con la que se escriben, según Siri Husvedt (la primera blanca de la que voy a hablar), las mejores obras. No sé por qué sospecho que no escribiré más sobre feminismo en un largo tiempo después estas páginas. Ignoro si sufriré de una reseca epistémica o de una purga de verdad. Lo cierto es que para poder comer debo entregar otro libro en octubre y otro más para febrero de 2024. Así que no habrá tiempo para pensar este tema, para contemplar sus olas, para nadar, como decía Francesca Gargallo, en el mar del movimiento que sí está cambiando al mundo.

¿Qué pretendo con estos ensayos por venir? Es curioso, nunca tuve hijos y ahora me siento embarazada. Hablo de un ente como si fuera un ser, de alguien a quien espero con ilusión y miedo. Más temor que otra cosa. Busco dejar en claro lo que miro desde mi arena, aunque no tenga vocación de drama queen. Sucede que desde diciembre de 2021 vengo escribiendo una columna semanalmente en cierta revista digital, que pocos leen, tampoco es una publicación famosa, de renombre porque nunca he mandado nada a publicaciones como Letras libres. No me interesa rogarles para que alguno de mis poemas o reseñas aparezcan ah, nunca les he mandado nada. Decía que por la columna que editan desde España no recibo ni un euro. Pero la ganancia ha sido toda mía porque me permite soltar la pluma, me demanda leer en serio, pensar, exorcizar prejuicios y observar cómo va esto del feminismo, de qué altura será ola que ya viene, la quinta, que no es del todo anarca ni de cruzados vestidos de mujeres. No. Soy optimista cuando no debería serlo. Me gusta pensar que no hablamos de otra ola, más bien de un maremoto y sálvese quien pueda, pues los feminismos tendrán que volverse más agudos desde la autocrítica. Lo cual, deseo, los obligará a reproducirse, a parir otras formas de protestar en la calle, la academia o en las pantallas. Sí, los feminismos incidirán aún más en el espacio privado y entonces daré brincos de contento. Sí, tendrán que ver con hacer política donde nos dijeron que no se puede: cuando todos estemos a la mesa y el marido, el padre o los hijos no quieran levantar sus platos, cuando la novia, la esposa, la amante o la amiga no quiera tener sexo o rechace una posición que la incomode, cuando una mujer con todo y una casa que mantener, diga que no acepta un trabajo donde le paguen menos que a un tipo, cuando una mujer de cuerpo desobediente no le gusta la palabra “gordita”. Esto viene con más hashtags, con más denuncias de violadores en el camino porque es el camino el que nos viola, con más debates entre cancelar o no, cuándo, por qué. Por eso es urgente pensar y repensar esas cuestiones. “Uy, qué miedo”, se burlarán, pero esa inercia ya no la para nadie. Las mujeres gritarán cada vez más alto e imitarán a las que quemaron sostenes para exigir que nadie se meta con sus tallas, calzones y carteras, artefactos sumamente políticos.

Cuando hablo mujeres me refiero a todas, a pesar de que a muchas no les guste. Digamos otra verdad: el término mujer se lo han peleado, despellejado, deshojado, arrebatado como si fuera el ramo que tira la novia en la boda. Todas quieren tenerlo entre las manos para descubrir si es artificial o natural, si huele o no a flor, si es de tulipanes blancos, de orquídeas negras, de lirios asiáticos, de rosas árabes, de azucenas latinas o magnolias grasosas; si en verdad se llega a ser ramo por obra y gracia de una florista como dijo Simone de Beauvoir. En eso están ciertos debates, en eso que me hace reír, pese a que a lo del ramo es cosa seria. Digo ramo porque es un conjunto. No puedo pensar en una sola mujer cuando me refiero al feminismo, sino en varias tan correctas y desviadas; tan emergiendo de zulos, de barrios bravos, de oficinas siniestras, de edificios imparables, de cinturones de miseria y de opulencia; morenas, negras, blancas, altas, flacas, bajitas y gordas. Pienso en todas las que puedo como puedo más allá del color de su piel, del código postal, del dinero que ahora mismo tienen en la bolsa, de las libras que pesan, incluso del hombre o la mujer con la que duermen, de los hijos a quienes hay que alimentar o del perrihijo o el gatohijo que las consuela, también en la que, como yo, no tenemos a nadie con quien ir a dormir.

(continúa…)

*Escritora