Francisco Moreno

A pesar de haberlos visto durante años, nunca reparó en la esencia que sus creadores se afanaron por plasmar en ellos. Cual simples cuadros que decoraban la biblioteca de su padre, la costumbre cerró su percepción natural, esa observación sin prejuicios y libre que atrapa los detalles, las composiciones, el trazo, la luz, líneas y color, la sutileza del arte.

Cinco décadas después, sin hábitos que ataran su mirada, recorrió la misma biblioteca en la que se escondía de su padre, el escritorio de encino y la lámpara Art Nouveau, el sofá Chesterfield en el que dormía, incómodo, esperando los escasos cariños que él le dio un par de ocasiones; los muros ataviados con cientos de libros, entre los que descubrió a Conrad, Martín Luis Guzmán, Voltaire y Manuel Acuña. Sentado frente al muro del que colgaban las pinturas encendió un cigarro con filtro, una pequeña taza de café humeante lo calentaba; recordó la lectura del testamento, los nombres que enumeró el notario. El asombro se convirtió en placer, el placer en llanto, una profunda tristeza mezclada con culpa arribó a su corazón pues no estuvo con él cuando la muerte se lo llevó.

Bebió lentamente un diminuto trago del expreso, las lágrimas quedaron atrapadas en sus bigotes y, como si nunca los hubiera visto, observó una a una las obras de arte que su padre coleccionó: una niña con flores recién cortadas entre sus manos, con sencilla vestimenta e inocente rostro destacaba entre los colores ocres y sepias del fondo, el óleo de Germán Gedovius era magnífico. El único bodegón con calabaza de Felipe Santiago Gutiérrez; una mujer indígena de Ramos Martínez; el extraño dibujo perfectamente enmarcado de Max Ernest y un grafito sobre papel de Marius de Zayas. “La casa sobre el puente” de Diego Rivera, esa obra que tantas veces sedujo su imaginación; las poderosas espigas de luz que una enorme mujer abrazaba, cálida y luminosa obra de Ricardo Martínez; el enorme paisaje de José María Velazco. Un volcán de Gerardo Murillo, pieza de grandes dimensiones al óleo junto a varios pequeños de María Izquierdo, estos últimos los que más le gustaban de niño, imágenes lúdicas de un circo, personajes vivos. Al extremo superior un desnudo de mujer en color gris de Rufino Tamayo; a la altura de sus ojos destacaba el autorretrato de Ruelas, a lápiz, pequeño, fino, sutil, enorme; al otro extremo detuvo su mirada en la única obra de Picasso, una pieza cubista que siempre le pareció mal hecha, miró con otros ojos su composición y descubrió las diversas formas que tenía, la riqueza de los ángulos, la multiplicidad de perspectivas; entre muchas otras reconoció dos obras de José Clemente Orozco, una niña de Guerrero Galván; un temple de Antonio Ruiz, escena urbana; y en el centro del muro, una pieza a lápiz de colores de Saturnino Herrán.

Sus lágrimas cesaron, su espíritu se cargó de goce estético, una sombra de arrepentimiento pasó de largo, jamás había reparado con tanto detalle en aquel muro, la amada colección de arte que su padre hoy le dejaba. Apagó el segundo cigarro, terminó su café y cerró sus ojos, la imagen de su progenitor y el calor del amor hacia él superó la fría piel del Chesterfield, así, en paz consigo mismo, se quedó dormido.