BOICOT

Hélène BLOCQUAUX*

Agotados después de la marcha por el agua, Miguel, Juan Pablo, Judith y Ana, estudiantes de filosofía, se juntaron a tomar un helado no tanto para reponerse del día de clases canceladas, por decisión unilateral, sino por la intensa caminata bajo el sol sin haberse duchado por la mañana, aunque sea con agua fría por los altos costos de gas; de ahí la protesta.

Acordaron al unísono que es más fácil escuchar a la Dra. Puentes hablar de Hegel que sumarse a un movimiento que estaba lejos de parar en una sola manifestación. Degustaron sus postres refrescantes buscando argumentos para justificar su ausencia, sin encontrar un pretexto creíble. En su grupo de Whats, varios compañeros advirtieron, por cierto, la molestia que la profesora había externado para con los ausentistas. “Ahora sí seguro que reprobamos Hegel, pero en el examen a título” refunfuñó Judith. “Propongo lo cancelemos por demasiado complejo y ya, problema resuelto”. Ana observó que, si había que cancelar a un filósofo sería mejor aplicar el boicot a Heidegger, por demás cuestionable por sus relaciones cercanas con un régimen impresentable.

Miguel comentó que hubieran escogido otros sabores en vez de los nombres extravagantes de Sinfonía del sapo, Beso de princesa, Duende embrujado y Copa fantasmal. “Lástima que no haya propuestas más revolucionarias en combinación de sabores o por lo menos más atrevidas en su presentación”, agregó Judith, terminando el suyo. “Yo me siento en Disneylandia aquí, le voy a dejar un comentario en su Insta” propuso Ana, “con eso va a perder clientes no patriarcales”. Judith asintió y recordó a la concurrencia sedienta que estaba harta de las referencias a las historias románticas cuyo propósito es rebajar la figura femenina para que salga al rescate el hombre dominante. Pensativo, Miguel opinó que convendría dejar de ver películas violentas, obras racistas o clasistas… Judith acabó con su frenética lista en una exclamación: “entonces qué quedaría si cancelamos a tantos?”. “Queda que hay que reescribir, corriendo el riesgo de dejar las obras clásicas sin sentido, o bien escribir un montón de historias nuevas a la luz de lo que pensamos hoy día”, propuso Ana sin parar de revisar los mensajes en su teléfono. “Me cansé nada más de pensarlo”, prosiguió entregando su plato vacío a Miguel para tener más lugar en la mesa. Juan Pablo, inconforme con su helado alegó una alergia a las nueces así que pidió otro, dejando elegir el sabor al mesero.

Miguel presentó su tarjeta para pagar la cuenta de todos. El mesero se disculpó ampliamente por no poder aceptarla señalando al hombre trepado en lo alto de un poste que acababa de cortar la luz. Juan Pablo pegó el grito al cielo consultando su cuenta: ¿cien varos por un helado de chocolate?”. “Es que yo también reprobé Hegel hace unos años. Por eso te traje el Buho de Minerva. Pensé que te iba a gustar el concepto para amenizar la plática, sobre todo ahora que está oscureciendo”, replicó el mesero.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM