-Javier Jaramillo Frikas*

Morelos en mal estado

Como hace veintitantos años estamos aquí, en La Jornada Morelos y por supuesto, igual que siempre, en la búsqueda de hacer lo que por obligación se debe. Así que, empezamos.

​Los Poderes que conforman el gobierno de Morelos siguen partidos y se necesitan más que buenas intenciones y bravatas pendencieras para encontrar una sola de las múltiples decisiones acertadas que urgen para retomar rumbos perdidos hace ya muchos lustros. En este momento el tema relevante es el paquete económico 2023, pero los asuntos de ayer y antier algunos sumamente graves, como la ejecución de la joven diputada Gabriela Marín Sánchez, de lo que ni siquiera un esbozo de esclarecimiento se desliza en los sitios del poder de la política y la justicia. O el escándalo de la corrupción en el área de gobierno que regula la función de las notarías públicas, cuando el ex secretario de gobierno hasta el año pasado, Pablo Ojeda, publicó (le llamaban tradicionalmente filtrar) un audio video donde Eduardo Kenji Uchida García, entonces director jurídico de la secretaría, acepta que hubo una acción concertada con la Notaría Uno de Jiutepec a cargo del fedatario Alejandro Gómez Maldonado, donde claramente se menciona el nombre de Ulises Bravo y su hermano, el gobernador Cuauhtémoc Blanco y una cantidad de 30 millones de pesos. Uchida fue traído de la Ciudad de México por su exjefe en Coyoacán, Ulises Bravo Molina.

​No es un trascendido, fue justamente lo que muchos escucharon de la grabación que, obviamente, salió de los aparatos de Pablo Ojeda con la intención de mostrar una breve parte de las acciones ilegales que con el poder ejecutivo realizan Ulises Bravo, su consanguíneo y el nutrido grupo de desconocidos que han poblado el gobierno del Estado. Salieron mal con el ahijado de la ministra Olga Sánchez Cordero, y ya les cobró el primer pagaré. Un pleito, por llamarlo cordialmente, rapiñero. Esta acción de Ojeda indica que mantiene en su poder, “más material” de su paso por tres años en la segunda posición de la administración. Apenas inicia este “frente abierto” por los jefes del ejecutivo estatal. Uno más…

​​Y otra lista que es interminable, pero agregamos algunos puntos, como una mayoría multicolor en el Congreso Local que le evita al gobernador transitar en la ruta cómoda que pretende, lo que le niega asimismo “meta mano” en lo que tradicionalmente un mandatario medianamente capacitado ha hecho en la historia de Morelos. No tenemos registro de ninguno que contara con una minoría de cinco donde son veinte curules, apenas un cuarto. Incluso Jorge Carrillo Olea, en mayo de 1998 solicitó licencia, no fue echado por los legisladores, aunque todos saben que fue una decisión política del presidente Ernesto Zedillo operada por su poderoso secretario particular Liébano Sáenz. No fue destituido, lo que en política representa una vergüenza mayor, nada más lo llevaron a esa instancia. Él se fue cuando se estiró la liga de su mala relación con Zedillo. Bueno, vale agregar que la anterior legislatura era mayormente afín a Cuauhtémoc Blanco y, en los tres años, no rebasó 13 de las 20 curules. Hoy, la mayoría calificada son 15, uno más de los 14 que dicta la ley para incoarle juicio político.

​Contar agravios contra la sociedad en estos cuatro años es extenso, y hacerlo por las últimas tres décadas no terminaríamos nunca. Sin embargo, los dolores persisten y hacemos cuenta, por ejemplo, que el número de muertes de mujeres cuya mayoría entra en el término que tanto asusta a los previsores, procuradores y administradores de la justicia, feminicidio. Ingratamente, Morelos es uno de los Estados líderes en este negro rubro, y estamos en la parte alta de la tabla en materia de inseguridad.

​La sospecha que el poder político mantiene relaciones estrechas con el crimen organizado es ya información con chisme que pareciera común, en tanto se multiplican el número de asesinatos con tinte de ejecución. Para quienes vivimos aquí no es igual que unos policías agarren a un presunto o conocido delincuente, lo torturen, lo maten y lo echen en alguna carretera, que el gran velo de la impunidad que nos cubre en esta tierra, que a partir del año 2000 más que hegemonía política a través de los partidos, surgió una nueva condición que linda con lo aberrante, sobre que presuntos grupos delictivos tenían mejor o mayor relación con el poder político para actuar sin ningún riesgo.

​Ninguna sociedad en el país puede aceptar como realidad cotidiana la prevalencia de la violencia con impunidad, sería exterminar la poquita fe en las instituciones. En Morelos, ha ido hacía arriba, cada vez con mayor incidencia, administración tras administración, mostrando una proclividad a obedecer a gente extraña y ausentar la justicia. Es evidente que fenecida la política, el vital quehacer de gobernar, de los acuerdos, queda solamente esperar que se mantengan los escasos equilibrios, como el actual, que una mayoría de diputados en su mayoría oriundos, se mantengan en una posición que más que favorecerlos, evita que por el agudo momento que Morelos vive, se desborden las pasiones de amateurs de la política y el servicio público que, por las razones que se expongan y debemos tomar como válidas, nos mantienen en una condición total de indefensión. La defensa es en contra de una reconocida y pública corrupción.

​En efecto, Morelos está enfermo, pero se cuenta una leve confianza en que existe “cura” que lo regrese a aquellas fortalezas que nos hicieron auténticos anfitriones y servidores de los visitantes y guardias de nuestros amigos y familiares. Y si para ello debe hacerse una disciplinada tarea de reconstrucción, hay que hacerlo, empezando por exigir a los diputados que no se aflojen con bolsas llenas de dinero, como ha sido una nauseabunda costumbre en los últimos cuatro sexenios. Y, claramente, colocar la lupa popular a los tres Poderes que conforman el gobierno de Morelos. Y que se vayan los que tengan que irse, porque Morelos no aguanta ni un resfriado menor en la condición que se encuentra.

Vorágine

​Sospechosismos.—Son dos las veces que se desborda la delincuencia común en Cuernavaca luego de acciones políticas en la pugna permanente del Poder Ejecutivo con la mayoría no afín en el Congreso Local. De acuerdo con los índices de inseguridad que organismos nacionales y locales le marcan a Morelos, debería ser normal, pero conocedores del tema creen que “son actos sembrados” como reacción a descalabros políticos. Es atrevido, parece. Lo que sí es que Cuernavaca ha sido el, digamos, “punto de encuentro” de la delincuencia que asalta, violenta en las calles y desaparecen sin que los toque nadie. Hay que dejarlo en el rubro de acciones “sospechosas”, puesto que no es probable que las policías hagan algo, sería terrible que desde oficinas de poder se hicieran este tipo de acciones, para sembrar caos y desviar atenciones. Lo último hace unos días, que un grupo de mujeres, jovencitas, acudieron a un restaurante, fue asaltado el lugar, robados, violentados y vejados alrededor de 50 clientes durante ¡veinte minutos!. Y hará tres semanas, en los ejidos de Acapantzingo, en un bar recién abierto cerca de Díaz Ordaz, en una tradicional taquería en avenida Morelos de una familia de mucho trabajo, y en el Aguachile de San Diego, igual, atracos abiertos y sin la presencia siquiera de una motocicleta con sirena. Tema muy serio, de esos que registra el ciudadano común, el de a pie.

*columnista político

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