Tatiana Vanessa González Rivera*

No siempre conocemos la realidad de manera verdadera y justificada, porque muchas veces lo que actúan son preconcepciones establecidas, dichas nociones no analizadas acerca de lo real y que están mezcladas con intereses y pasiones; como mencionaba Eduardo Galeano: “desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espagueti puede ser visto como una orgía”. Así la economía social y solidaria, percibida como algo raro y torpemente confundida con otras nociones.


La única rareza propia de la Economía Social y Solidaria (ESS), y que solo los defensores del capitalismo advierten, es el hecho de contradecir, valientemente, la lógica impuesta por el sistema económico hegemónico y configurarse como una alternativa, de las llamadas economías transformadoras, con importante desarrollo en diversos territorios de Europa y, por supuesto, en América Latina; curiosamente la región más desigual del mundo que clama por cambios estructurales.


Los estudios sobre las sociedades precapitalistas demuestran que no se había registrado ninguna economía, anterior a la nuestra, que estuviera controlada y regulada por la institución del mercado y con primacía del principio de ganancia como rector de la vida económica, de modo que los seres humanos y el ambiente natural son un medio para el fin preestablecido por el sistema: la acumulación del capital. Sin embargo, sería absurdo admitir que generar riquezas está mal; de hecho, desde esa limitada perspectiva, el capitalismo ha sido exitoso y esa herramienta analítica utilizada por los economistas llamada Producto Interno Bruto (PIB) se ha incrementado en términos absolutos en diferentes regiones; la dificultad y legítima crítica radica en que la riqueza se concentra en muy pocas manos y el capitalismo ha dejado una estela de externalidades negativas ya conocidas.


Para contrarrestar esos males, la ESS se admite como otra forma de hacer economía que se concibe a partir de la diversidad de experiencias asociativas que la integran y cuyas prácticas, valores y fines procuran servir a sus asociados y su entorno, incluso en necesidades extraeconómicas (salud, educación, recreación); y en las cuales hay una primacía de las personas y el trabajo sobre el capital. Pero ¿cuáles son esas formas? En el caso México, seguramente identificamos a cementos cruz azul y refrescos boing, cada uno atribuido a dos importantes cooperativas: Cruz Azul y Pascual; en ese sentido, las cooperativas son formas tradicionales de la ESS. Hay otras experiencias que están definidas por su arraigo local y comunitario, por ejemplo, los ejidos y comunidad agraria heredados de la revolución mexicana y asumidos en México como entidades de la ESS únicas en el mundo.


Por supuesto, la anterior referencia es meramente ejemplificativa pues hay muchas más actividades asociativas y nuestro papel desde la academia, por ahora, consiste en identificar, documentar y visibilizar esta multiplicidad de formas de la ESS que caracterizan al territorio mexicano; solo así lograremos despojarla de esa rareza que todavía, algunos, le atribuyen y reconocerla como una economía que toma el pulso a la realidad con signos alentadores.


*Investigadora Asociada C de Tiempo Completo del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México (CRIM-UNAM).

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