Maximino Aldana*

Durante mucho tiempo las bacterias han sido consideradas como organismos perniciosos que provocan enfermedades en el ser humano y en otros animales. Algunas sí lo hacen como Salmonella o Staphylococcus aureus, pero la gran mayoría de las bacterias que existen y con las que interactuamos día con día no sólo son inofensivas, sino que algunas de ellas nos ayudan a llevar a cabo funciones vitales. Si pudiésemos ver microscópicamente veríamos que las bacterias están por todos lados, en cada cosa que tocamos, en nuestra comida, en el aire que respiramos, en la lluvia, en las flores, en nuestras mascotas, etc. De hecho, un gran número de bacterias viven en nuestra piel e incluso dentro de nuestros cuerpos. Se sabe ahora que en el cuerpo de un ser humano existen más células bacterianas que células humanas. Esas bacterias no las andamos cargando sin ninguna razón, llevándolas nomás de paseo, sino que interactúan con nuestro metabolismo y determinan funciones importantísimas para nuestra existencia. El trabajo pionero de Peter Turnbaugh y su grupo en el año 2006 demostró contundentemente que la composición bacteriana que tenemos en el tracto digestivo determina fuertemente el fenotipo de la obesidad: personas con las bacterias adecuadas tienden a ser delgadas mientras que otras personas con otro tipo de bacterias tienden a ser obesas, independientemente de lo que coman. Después de este trabajo se ha demostrado que las bacterias también nos ayudan a fortalecer el sistema inmune, pueden degradar sustancias nocivas y alterar el funcionamiento de órganos como el corazón e incluso el cerebro (causando autismo y esquizofrenia).

Las bacterias poblaban cada rincón de la Tierra mucho antes de que apareciera cualquier planta o animal. Por lo tanto, la evolución de todos los organismos superiores (plantas y animales) no sólo se llevó a cabo en presencia de las bacterias, sino en muchas ocasiones gracias a ellas. No es de extrañar que ahora tengamos una relación metabólica tan estrecha con estos pequeños organismos. El conjunto de todas las bacterias que habitan en un ser humano se llama microbiota, y al ser humano junto con todas sus bacterias se le conoce como holobionte. El descubrimiento del holobionte está desafiando los conceptos más básicos de la teoría evolutiva ya que pone en duda el significado mismo de qué es un individuo. Antes del descubrimiento del holobionte se consideraba que cada individuo estaba caracterizado por su material genético. Pero ahora sabemos que cada “individuo” es en realidad un ecosistema en el cual habitan miles de especies distintas de bacterias que participan activamente en el desarrollo de todo el holobionte.

El paradigma evolutivo de la herencia genética ha tenido que cambiar con el descubrimiento del holobionte. Por ejemplo, antes se pensaba que las características fenotípicas de las personas se heredaban a los hijos únicamente a través del material genético (ADN) de los padres. Tomemos el caso de la diabetes. Es un hecho innegable, demostrado por estudios familiares, que hijos con padres o abuelos diabéticos tienden también a ser diabéticos. Esto se explicaba diciendo que había una “propensión genética” a la diabetes contenida, de alguna forma, en el ADN. Pero cuando se buscaron los genes que causaban tal propensión a la diabetes simplemente no se encontraron. Lo mismo pasó con otros fenotipos que se consideraban heredables, como la obesidad, disfunciones cardíacas, autismo, cáncer de piel, y muchos más. Nunca se han encontrado los genes causantes de la “propensión genética” de diversos fenotipos que, por estudios familiares, sabemos que son heredables. A este problema se le conoce como el problema de la heredabilidad perdida.

Pero es que en esos estudios en donde no se encuentran los genes que determinan ciertos fenotipos, sólo se había tomado en cuenta el ADN de los seres humanos y no el material genético de todo el holobionte. Las bacterias también se “heredan” o se transmiten de los padres a los hijos. Por ejemplo, la leche materna contiene cientos de especies distintas de bacterias que la madre transmite al bebé durante la lactancia. Durante el parto el bebé queda bañado en fluidos vaginales que también contienen cientos de bacterias distintas. En la cuna que ha sido cuidadosamente preparada para el bebé habitan las bacterias que los padres portan en la piel y en la saliva.

La supuesta “propensión genética” (o heredabilidad) de muchas enfermedades que padecemos no está sólo en los genes humanos, sino también en las bacterias que viven en nuestros cuerpos y que se transmiten de los padres a los hijos. Cambios en la composición de la microbiota, es decir qué bacterias están presentes y qué bacterias no, pueden conducir a enfermedades o disfunciones metabólicas. Estos descubrimientos sugieren que el uso de antibióticos de amplio espectro (que matan muchos tipos de bacterias) y medidas extremas de higiene son perjudiciales para los niños. Hay que dejar que se ensucien, que jueguen con tierra, que se revuelquen en agua sucia. La convivencia con las bacterias es, en su mayor parte, benéfica. ¿No les parece sorprendente?

*Investigador del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM en Morelos.

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