Nos estamos quedando sin aliados contra las infecciones bacterianas

Celia M. Alpuche-Aranda y Federico A. Zumaya Estrada*

A mediados del siglo XX comenzaron a emplearse clínicamente los antibióticos, lo cual transformó la medicina moderna debido a que se ganó capacidad para combatir las infecciones bacterianas y, en consecuencia, para impedir que una simple infección postrara por días a una persona o fuera causa de muerte. Hoy en día, el tratamiento de muchas de las enfermedades infecciosas causadas por bacterias y la prevención de ellas en millones de personas que se someten a procedimientos médico-quirúrgicos o que padecen afecciones crónicas y debilitantes, aún dependen de la eficacia de esos medicamentos. La disponibilidad de antibióticos eficaces se traduce, entonces, en evitar miles de fallecimientos y sufrimiento en el todo mundo.

Vale la pena aclarar que los antibióticos no son una panacea, aun cuando esta palabra, que la Real Academia Española define como “medicamento a que se atribuye eficacia para curar diversas enfermedades”, bien podría –por desgracia– describir la percepción colectiva que prevalece sobre ellos. Los antibióticos son sustancias químicas que matan o impiden el desarrollo de bacterias sensibles a su acción. Cuando las bacterias nos infectan, es decir, cuando invaden y se multiplican en lugares del cuerpo donde no deberían de estar, los antibióticos se tornan esenciales para ayudarnos a recuperar la salud. Pero esto no sucede cuando las infecciones son ocasionadas por cualquier otro tipo de gérmenes, como es el caso de los virus, que están detrás de una buena parte de los malestares que a menudo nos afectan, como el dolor de garganta, el resfriado, la influenza o el Covid-19. Incluso, debemos saber que no todas las infecciones por bacterias requieren estrictamente tratamientos con antibióticos. Un ejemplo común es que la mayoría de los cuadros de diarrea, aun los producidos por bacterias, se resuelven al poco tiempo, sin necesidad de tomar antibióticos. Tampoco todos los antibióticos funcionan contra todas las bacterias; existen tratamientos específicos dependiendo del tipo de bacteria.

Como ocurre con cualquier otro medicamento, algunas personas pueden tener reacciones adversas al recibir antibióticos, las cuales pueden abarcar, desde salpullido, náusea o diarrea, hasta reacciones alérgicas potencialmente mortales. Sin embargo, el beneficio de tomarlos cuando es necesario es mucho mayor porque acortan los días de enfermedad, reducen las potenciales complicaciones y disminuyen el riesgo de fallecer. Todo lo anterior se cumple siempre y cuando se trate de una enfermedad infecciosa que esté causada por una bacteria susceptible de ser tratada con un antibiótico. Es decir, un antibiótico debe ser prescrito por un profesional de la salud experto que realiza el diagnóstico adecuado y conoce qué tipo de antibiótico se debe recetar para cada padecimiento.

Desde el inicio del uso clínico de los antibióticos también se identificó que las bacterias eran capaces de desarrollar “resistencia” a los mismos, es decir que aprenden a evitar su efecto. A través de todos estos años en que se ha empleado ese tipo de medicamentos, se ha conocido mucho más acerca de cómo aparece y se disemina la resistencia antimicrobiana a ellos y se ha llegado a considerar que se trata de un problema de salud pública mundial por su gran propagación e impacto.

La resistencia antimicrobiana se debe a la evolución biológica de las bacterias mismas; frente a la exposición a los antibióticos, ocurre una selección natural de las más aptas para sobrevivir, las cuales terminan por multiplicarse y reemplazar a las poblaciones de bacterias susceptibles. Así, en cuestión de horas, unas cuantas bacterias resistentes pueden generar grandes poblaciones resistentes de múltiples especies que se diseminan entre las personas, los animales y el ambiente.

Cuando se usa un antibiótico en una persona, su consumo también impacta las poblaciones de bacterias que colonizan normalmente varios sitios del cuerpo, como la piel o el tracto digestivo, donde cumplen funciones esenciales para nuestro bienestar y coadyuvan contra las infecciones por gérmenes causantes de enfermedades. Es decir, cada vez que empleamos un antibiótico, y mucho más cuando es innecesario, se está agregando mayor presión para la aparición de bacterias resistentes capaces de sobrevivir a sus efectos.

El problema de la resistencia antimicrobiana, que ya es de alcance mundial, indica que nos estamos quedando sin antibióticos eficaces para tratar y prevenir las infecciones bacterianas.

Un mal uso de los antibióticos puede propiciarse por la inexperiencia clínica y la falta de herramientas de diagnóstico necesarias para determinar la existencia y el origen biológico de las infecciones. También contribuye la misma demanda de las personas debido a la falsa creencia de que para curarse siempre deben tomar antibióticos. Por otra parte, en los hospitales, donde los antibióticos son un recurso de primer orden para la atención médica, asegurar su buen uso implica un reto continuo. La mayoría de los pacientes hospitalizados reciben antibióticos, pero hasta la mitad de las terapias pueden ser inadecuadas o innecesarias. Aunado a ello, en los hospitales también se ha reconocido la circulación de bacterias resistentes muy dañinas, que pueden ocasionar infecciones extremadamente peligrosas para los pacientes. Si bien cualquier persona puede adquirir infecciones por estas u otras bacterias resistentes causantes de numerosas enfermedades infecciosas como las neumonías, tuberculosis o salmonelosis, son los niños, los adultos mayores y las personas con afecciones crónicas o debilitantes del sistema inmune quienes sufren los mayores estragos en su salud y un alto riesgo de muerte.

No conforme con este panorama, desde hace años persiste un estancamiento global en la producción de nuevos antibióticos, lo que limita la disponibilidad de tratamientos eficaces contra algunas bacterias extremadamente resistentes que hoy existen.

Hay que emprender muchas acciones en los ámbitos global, local y gubernamental, al igual que entre la población misma, para evitar que la falta de antibióticos eficaces a causa de la resistencia antimicrobiana lleve a muchas personas que requieran de tratamiento a no contar con la capacidad terapéutica de estos valiosos medicamentos. Como resultado del fenómeno descrito, se estima que, para 2050, podrían ocurrir 10 millones de muertes cada año en el mundo.

No existe una estrategia que provea de una solución definitiva para ralentizar las amenazas de la resistencia bacteriana, pero el principio de acción más costo-eficaz es la prevención: la infección que se previene no necesita tratamiento. Prevenir las infecciones en la población requiere del fortalecimiento de la atención primaria de salud, para garantizar el acceso efectivo y oportuno a vacunas e intervenciones locales basadas en el autocuidado y la educación para la salud. A nivel individual, precisa de la adopción rutinaria de medidas sanitarias básicas, como el lavado de manos, la higiene alimentaria, la vacunación y las relaciones sexuales seguras, por mencionar algunos ejemplos clave. Cuando ya se han producido las infecciones, los prescriptores de los consultorios médicos y hospitales deben asegurarse de usar los antibióticos apropiadamente y sólo cuando sean necesarios. El papel de las personas que padecen las infecciones también cuenta, y mucho. Toca sumar cambios de comportamiento, de tal manera que se logre erradicar la creencia de que los antibióticos son indispensables para todas las infecciones, y cuando han sido recetados, se procure un consumo responsable, siguiendo al pie de la letra las indicaciones médicas.

Nuestra capacidad para hacer frente a las infecciones bacterianas depende de salvaguardar la eficacia de los pocos antibióticos disponibles. No es cuestión de balas de plata, sino de conciencia para la adopción de una cultura de prevención, uso racional y consumo responsable de los antibióticos desde el nivel individual hasta el colectivo. Como bien decía el lema que empleó en 2011 la Organización Mundial de la Salud para celebrar el Día Mundial de la Salud dedicándolo a la resistencia antimicrobiana: si no hay acciones hoy, no hay curas mañana.

*Especialistas en salud pública; invitados por el Dr. Eduardo Lazcano Ponce

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