Por Gustavo Yitzaack Garibay

«Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado.»

Feuerbach, prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo.

En la sociedad del espectáculo todo espacio deviene escenario. Desde la lógica del capital no hay lugar que no sea susceptible de comercializarse. La renta puede ser monetaria o de beneficio político, aunque esto algunas veces al Estado, en sus órdenes municipal, estatal o federal, le ha resultado contraproducente, pues muy pocas veces resultan de beneficio para las arcas públicas.

Como en otros lugares de México, en Morelos cada vez es más frecuente que en ferias, festivales, carnavales, fiestas patronales, e incluso en informes de gobierno, se eche mano de elencos artísticos de índole comercial para, supuestamente, agregar valor o turistear contenidos y expresiones de índole tradicional dentro de procesos comunitarios, es decir potenciar masivamente el uso del patrimonio cultural inmaterial.

Las carteleras de recintos culturales son testimonio de una visión propia de alcaldes, ayudantes municipales, directores de cultura o de turismo, y desde luego del perfil de quienes ocupan la titularidad de la Secretaría de Turismo y Cultura de Morelos, el Centro Cultural Teopanzolco, el Teatro Ocampo. Todo ocurre en unidades o canchas deportivas, teatros, auditorios, haciendas, jardines, plazas cívicas, calles o recintos feriales públicos o privados.

Gradualmente, a través de operadoras como Ocesa, empresarios, managers, o proveedores de empresas fantasma, propiedad de amigos de servidores públicos en funciones, representantes de la escena comercial ha ido ocupando la cartelera de espacios y recintos públicos. De Sting, Plácido Domingo, pasando por Emmanuel y Mijares, Gloria Trevi, Espinoza Paz, Marco Antonio Muñiz “El Buki”, Natalia Lafourdade, Astrid Hadad, Goran Bregović´, o la fallida presentación de Chumel Torres en el Ocampo. Cierto, no son lo mismo, ni en sus géneros, ni en su calidad musical, pero han sido parte de lo mismo, una política cultural que busca impactar desde la gestión masiva.

En menos de dos décadas, la industria cultural del entretenimiento ha desplazado a creadores locales, absorbiendo recursos que podrían estar orientados a la creación o al mejoramiento de la infraestructura local en los municipios, o para fortalecer el desarrollo de un vasto y diverso sector cultural al que se le margina y precariza por el desdén de quienes se arrogan el derecho de modelar el gusto público desde sus filias y fobias, pero también desde su ignorancia.

En su axioma de la tesis 58, dentro de su obra La sociedad del espectáculo, Guy Debord afirma que “La raíz del espectáculo está en el terreno de la economía que se ha vuelto de abundancia, y es de allí de donde proceden los frutos que tienden finalmente a dominar el mercado espectacular, a pesar de las barreras proteccionistas ideológico-policiales de no importa qué espectáculo local que pretenda ser autárquico.”

Hay quienes justifican esas fallidas acciones en términos de políticas culturales, argumentando que con ello se da acceso a espectáculos que de otra manera las personas no podrían presenciar, omitiendo que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar el acceso a bienes y servicios culturales de naturaleza cultural y no de entretenimiento, algo propio de la industria privada.

Nos equivocamos, si pensamos que democracia cultural es abrir el espacio público a las narrativas hegemónicas de la industria cultural privada, pues esta tiene por principio entretener, enajenar, alienar, y cobrar por ello.

Aunque suene reduccionista, eso presupone pragmáticamente a la persona desde un lugar cosificante, el de consumidor. No hay ahí un sujeto, sino un animal devorador que puede ser leído únicamente desde la insaciabilidad y cuya única capacidad es. ante todo, comprar.

¿Quiénes de las y los creadores locales acceden a casas museos, galerías, casas de cultura, centros culturales o espacios de difusión de las artes de naturaleza pública como el Teatro Ocampo, el Mmapo, el Museo de Arte Indígena Contemporáneo, el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano, el Centro Cultural Teopanzolco, o el abandonado Jardín Borda?

Hay que preguntarnos: ¿quién programa, desde qué perfil se curan contenidos, bajo qué criterios se determina qué o quién no va? Quien abre la puerta al entretenimiento desde el espacio público, al disponer de manera opaca de recursos públicos, le cierra la puerta a creadores locales, pues sabemos que las autoridades no garantizan igualdad de condiciones financieras para dignificar los contextos de representación de lo cultural.

Lo que sí sabemos es que los políticos hacen del espectáculo una oportunidad de propaganda, es decir un cierto oportunismo para colgarse de la fama o popularidad de quienes vienen para “compartirnos su talento”.

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