Karime Díaz

La historia de las mujeres en la ciencia está llena de soledad, vacíos y mucha violencia. Hay muchas borradas, otras olvidadas y otras incluso silenciadas. Tenemos un rompecabezas con muchas piezas faltantes sobre todo en nuestro país, que al igual que muchos países en desarrollo, los derechos de las mujeres se han ido reconociendo a cuentagotas.
Matilde Montoya nació en la Ciudad de México el 14 de marzo de 1859. Su madre, Soledad Lafragua, tenía prohibido salir de su casa por lo que le dedicaba tiempo completo a su hija, quien a sus apenas cuatro años dominaba la lectura y escritura. Matilde siempre se aferró a sus ganas de aprender más y más.
Fue en Cuernavaca, a los 14 años, que se forma como Partera después de su primer intento de estudiar en la Escuela Nacional de Medicina, que abandonó por falta de recursos económicos tras la muerte de su padre. Posteriormente se muda a Puebla, donde era maestra de primaria y daba consultas particulares ganando popularidad rápidamente. Y como era de esperarse, incomodó a los médicos de la época e iniciaron un proceso iracundo de difamación en su contra en medios de comunicación. Abrumada, se toma un tiempo y cinco años después ingresa a la Escuela de Medicina y Farmacia, estudiando otras ciencias de manera extracurricular. Moralmente era impensable para la sociedad que una mujer quisiera estudiar. Las mujeres debían encargarse de cuidar a las infancias, atender a la familia y administrar el hogar. Se le prohibía entrar a clases y dentro de las muchas acusaciones, se le decía “impúdica” por querer hacer prácticas en cadáveres desnudos junto a sus compañeros y profesores hombres ¡Qué osadía! Incluso, se le negaban derechos académicos porque en los reglamentos escolares decía “alumnos” y no “alumnas”. No la dejaban presentar sus exámenes debido a este obstáculo. Y aquí vemos un ejemplo de cómo el lenguaje sí se ha usado para excluir a quienes no se mencionan.
Matilde decidida y segura de sí misma, le escribe al entonces presidente de la República, al General Porfirio Díaz, quien intervino a su favor en más de una ocasión para eliminar las trabas ridículas a las que se enfrentaba la Doctora. De hecho, el presidente emitió en 1887 un decreto para que realizara su examen profesional y él mismo asistió al evento. Algunas activistas, profesoras y periodistas asistieron a apoyar a Matilde con gran convicción. Así fue como Matilde se convierte en una de las primeras científicas reconocidas de México y la primera mujer en obtener un grado universitario como Médica Cirujana y Partera.
Siguió su camino profesional, daba consultas médicas particulares a costos justos a todas las personas. Se volvió fiel defensora de los espacios en la academia y la ciencia de las mujeres y fundó la Asociación de Médicas Mexicanas con un alto compromiso social y con numerosos reconocimientos por su trayectoria.
Gracias a esta mujer rebelde, muchas otras lograron abrirse camino en estudios universitarios. Las mujeres siempre fuimos científicas, pero Matilde fue la primer médica y científica reconocida en el país. Es y será un ejemplo para muchas de nosotras siempre.

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