Antulio Sánchez


La música es uno de los pilares fundamentales de la industria del entretenimiento, que ha sido una especie de granero para los grandes sellos discográficos. En 1996 las discográficas tuvieron ventas totales de 40 mil millones de dólares, ya con la implantación del CD, que fue un soporte muy redituable para los grandes sellos; ese fue el mejor momento de ventas que ha tenido la industria discográfica en su historia. Sin embargo, a partir de ese año inició un paulatino descenso en las ventas de música. Solo siete años después, en 2003, los ingresos alcanzaron los 20 mil 800 millones de dólares (con dólares de menor valor que los de 1996), un 48% menos de ventas con respecto a 1996.
De hecho, en 2014 las ventas totales de música en el orbe alcanzaron los 14 mil 200 millones de dólares, que representaron un 35.5% de lo vendido en 1996. A partir de este último año, ya de la mano del streaming, de manera notoria, empezó de nuevo a subir el incremento de ventas de música, de tal suerte que en 2021 alcanzó los 25 mil 900 millones de dólares, equivalente al 64.75% de ventas respecto a 1996.
Lo significativo es que en 2021 las ventas vía streaming alcanzaron el 65% del total, mientras que las ventas físicas representaron el 19.3% y la tendencia es que las ventas físicas pierdan fuerza en favor de las ventas vía streaming. Sin embargo, es difícil saber si en el futuro se volverán a alcanzar los niveles de ventas similares a 1996, sobre todo si partimos de que las ofertas de entretenimiento digital se han multiplicado y no hay bolsillo y tiempo que alcancen para invertir en todas ellas.
Las tres majors, Universal Music, Sony Music y Warner Music, acaparan entre el 60-70% del mercado total de ventas de música a escala mundial. Sony (25%), Universal Music Publishing (21%) y Warner Chappell (12%). El 85% de la música grabada transmitida desde Spotify (que es el servicio dominante de streaming) pertenece a Sony, Universal, Warner y Merlin (la agencia de licencias de sellos independientes).
Spotify se ha ubicado como un sólido intermediario entre músicos, sellos y los amantes de la música. Pero Spotify, como buena plataforma, basa su modelo de negocio en la extracción de datos. La principal fuente de ingresos de esa plataforma es el pago efectuado por los usuarios Premium, pero quienes optan por el modelo gratuito proporcionan sus datos a Spotify sobre sus gustos musicales y diversas preferencias, que la empresa almacena y comercializa con otras firmas.
La paradoja es que Spotify alguna vez tuvo como objetivo combatir la infracción de derechos de autor en la industria de la música y la defensa de la privacidad, pero ahora se apropia de los datos que millones de usuarios en línea producen en colaboración. Spotify depende de esos datos de las personas sin los cuales no podría monetizar sus productos.
Hasta fines del siglo XX la verticalidad de las industrias culturales era la que establecía las condiciones de trabajo e ingresos de escritores, cineastas, hoy las condiciones las establecen las plataformas de entretenimiento digital o las neoindustrias culturales: Amazon, Apple, Spotify, etcétera. Una situación que, en vez de beneficiar a los creadores, como se pensó al iniciar el andar de esa empresa, terminó por engrosar los bolsillos de las discográficas.

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